¿Qué son las terapias de tercera generación?

A partir de los años 90 hemos visto surgir una serie de nuevas terapias dentro del ámbito de la psicología conductista o cognitivo-conductual que, aún reconociendo las aportaciones de las terapias que las preceden, intentan superar algunas de sus limitaciones.

Hayes (2004) fue el primero en exponer este resurgir, denominando a estas terapias terapias de tercera ola o de tercera generación y a las que define como «Fundamentada en una aproximación empírica y enfocada en los principios del aprendizaje, la tercera ola de terapias cognitivas y conductuales es particularmente sensible al contexto y a las funciones de los fenómenos psicológicos, y no sólo a la forma, enfatizando el uso de estrategias de cambio basadas en la experiencia y en el contexto además de otras más directas y didácticas. Estos tratamientos tienden a buscar la construcción de repertorios amplios, flexibles y efectivos en lugar de tender a la eliminación de los problemas claramente definidos, resaltando cuestiones que son relevantes tanto para el clínico como para el cliente. La tercera ola reformula y sintetiza las generaciones previas de las terapia cognitivas y conductuales y las conduce hacia cuestiones, asuntos y dominios previa y principalmente dirigidos por otras tradiciones, a la espera de mejorar tanto la comprensión como los resultados».

Hayes realiza esta distinción para diferenciarlas de las terapias anteriores.

Las de primera generación serían las técnicas conductuales que aparecieron hacia mediados del S XX, las cuales supusieron una rebelión frente a la psicología clínica establecida, dominada principalmente por el psicoanálisis. Dichas terapias se sustentaron en los principios científicos y experimentales que venían desarrollándose desde principios de siglo sobre todo por la psicología del aprendizaje (condicionamiento clásico y el operante). Este tipo de terapia tenía una especial vocación ambientalista o contextual y a la vez ideográfica (centrada en los casos individuales), en la que se atendían las conductas observables.

La segunda generación, surge en torno a 1970. Se comienza a postular que las asociaciones E-R del conductismo no son suficientes para explicar el comportamiento humano y se introduce E-O-R, es decir, fenómenos internos del sujeto que median entre los estímulos del ambiente y la conducta subsiguiente. Es así como la terapia de conducta inicial se volvió cognitivo-conductual, al incorporar las cogniciones (creencias, pensamientos, expectativas…) como variables intervinientes en los problemas emocionales y conductuales. Aunque este tipo de terapias ha conseguido tratamientos psicológicos muy eficaces, este éxito habría sido en gran parte a costa de adoptar el modelo médico o modelo del déficit que se trata de un modelo internalista, mecanicista y nosológico (nomotético), con tendencia a la estandarización de los tratamientos en perjuicio de aplicaciones más flexibles y ajustadas a cada caso, en vez de contextualista, holista y de caso individual (ideográfico).

Las terapias de tercera generación, aún teniendo aspectos que comparten, a la hora de ponerlas en práctica, se diferencian marcadamente por sus dinámicas y modalidades de intervención (Barraca, 2006). No obstante, vamos a señalar ciertas aportaciones comunes a la mayoría de ellas:

Planteamiento Contextual.

El modelo médico o modelo del déficit, supone que hay un déficit o disfunción psicológica en la base de los trastornos mentales de manera que éstos requerirían de una técnica específica que reparara tal condición. En el “modelo contextual”, por contra, se le concede más importancia al marco o campo en el que se da el evento psicológico. No se ve al sujeto como víctima de un “trastorno”, sino como alguien que actúa en función de un contexto determinado.

Recuperación del análisis funcional.

incluso para los eventos privados. El psicólogo debe tratar de comprender la función de la conducta y no quedarse únicamente en su forma. Es decir, aprehender para qué le sirve al sujeto su comportamiento, por qué necesita actuar así o qué gana y qué pierde, quizás, a la larga.

Principio de Aceptación.

La terapia no consiste tanto en la aplicación de unas técnicas diseñadas para desembarazarse de sensaciones o pensamientos desagradables (“negativos”), sino que se ve como un camino para ayudar al paciente a comprender que, con frecuencia, lo que debe hacer es aceptar el malestar y contextualizarlo adecuadamente, aprendiendo nuevas formas de relacionarse con ese malestar.  La tercera generación propugna la comprensión, la legitimación e incluso el aprendizaje de y desde los problemas psicológicos.

Desmedicalización y Despsicopatologización.

Las razones para tales propuestas se fundamentan  en una discusión acerca de la naturaleza de los trastornos mentales. Estos, sin dejar de considerarse hechos reales, se consideran hechos reales a la manera médico-psiquiátrica, por conveniencias, sobre todo para la industria farmacéutica, para los clínicos e incluso para los propios pacientes oportunamente informados y formateados como ‘pacientes’ de una supuesta enfermedad (González Pardo y Pérez Álvarez, en prensa). Por ello, se ofrecen alternativas a las categorías establecidas, por ejemplo, el “trastorno de evitación experiencial” (Wilson y Luciano, 2002).

Así mismo, se cuestiona el abuso de fármacos y Jacobson y Gortner (2000), proponen la desmedicalización en trastornos como la depresión.

Este cambio de perspectiva también se ha reflejado en los manuales de tratamientos eficaces. Más que seguir un protocolo estandarizado, se trabaja con lo que trae el paciente, de manera experiencial.

Objetivos terapéuticos

Se subraya, así mismo (Pérez Álvarez, Fernández Hermida, Fernández Rodríguez y Amigo Vázquez, 2003) que el objetivo de la terapia no es tanto la desaparición de los síntomas típicos del trastorno (criterios DSM), sino que hay que considerar otras metas más globales como el ajuste psicosocial, la calidad de vida o la recuperación por parte del paciente de la capacidad para dirigirse hacia sus metas vitales y a recuperar una vida más plena.

Relación terapeutica

Se profundiza en el papel de la relación terapéutica y el lenguaje natural. El terapeuta trabaja con el paciente en equipo, como guía y opta por estrategias de cambio de carácter indirecto, incluido el Mindfulness.

Entre estas terapias podemos destacar:

  • Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Hayes, Strosahl , McCurry, Afari y Wilson, 1991.
  • Psicoterapia Analítica Funcional (FAP). Kohlenberg y Tsai, 1991.
  • Terapia de Conducta Dialéctica. Linehan, 1993.
  • Terapia Integral de Pareja. Jacobson y Christensen, 1996.
  • Terapia de Activación Conductual. Martell, Addis y Jacobson, 2001.
  • Reducción del estrés basada en Mindfulness (MBSR). Kabat-Zinn, 1990; Segal, Williams y Teasdale, 2002.
  • Terapia Cognitiva Basada en Mindfulness para la depresión (MBCT). Scherer-Dickson, 2004; Segal, Teasdale y Williams, 2004; Segal, Williams, y Teasdale, 2002).

Si quieres puedes seguirme también en:

http://psicopedia.org/4116/las-terapias-de-tercera-generacion/

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